El camino al olvido Textos originales

1. Ana María, el mural y un pueblo de México

En un pueblo del centro de México hay una cueva. En todas las cuevas hay oscuridad y pasadizos secretos.

En un pueblo del centro de México hay una cueva. En todas las cuevas hay oscuridad y pasadizos secretos. En esa cueva, además, hay una extraña pintura que muestra a dos guerreros (posiblemente mayas) blandiendo tremendas lanzas y viendo hacia el horizonte, como apuntando su vista y sus lanzas hacia el pueblo mexica.  La historia de la pintura es curiosa y vale la pena narrar cómo fue descubierta.

José me contó que tiempo atrás, no sé bien cuánto, una banda de pobres criminales asaltó la iglesia del pueblo. Se llevaron todo, desde la copa donde se bebe el vino en misa hasta dos o tres figuritas católicas hechas de oro. También se llevaron unos cuadros y el dinero de las limosnas. Los pobres criminales, poco expertos en temas de asaltos, salieron por patas de la iglesia. Cargaron los cuadros, el dinero y las reliquias como quien carga un juguete nuevo. Corrieron calle arriba. Pasaron las pocas casas que hay entre la iglesia y el bosque y pronto llegaron a una cueva. La cueva era oscura y misteriosa, pero les pareció el lugar ideal para guardar el botín. Se dice que contaron cuidadosamente cuánto habían robado. Juan jura que de las limosnas sacaron cerca de trescientos pesos; y entre el oro y las pinturas su tesoro podía valer más de diez mil. Los pobres criminales estaban felices con su hazaña. Después de contar todo y dejarlo oculto entre la oscuridad de la cueva, fueron al pueblo y compraron una botella de ron.  A su paso nadie sospechó que ellos hubieran asaltado la iglesia. Agustín Sánchez Sánchez, el más grande del grupo, pagó la botella con lo que algún lingüista, unas horas antes, le había dado a cambio de mencionar palabras en su lengua natal durante ocho horas seguidas, traducciones vagas de algunas palabras y después una explicación detallada de lo que significan. Después de adquirir la botella, regresaron a la cueva y José Hernández Techachal la abrió y tomó ron primero. La pasó de mano en mano y a los pocos minutos todos los integrantes del grupo estaban ebrios.

En esa época los roba iglesias eran jóvenes y estaban necesitados de billetes. Agustín Sánchez Sánchez, hablante natal de alguna lengua nahua, se paró ebrio a inspeccionar la cueva. Como el lugar estaba muy oscuro, se apoyó de las paredes para no caer por culpa de alguna roca. De pronto, un ligero color azul que se reflejaba en la pared llamó su atención. Agustín acercó los ojos y miró, incrédulo, cómo la pared tenía un ligero tono azul que sobresalía sobre los grises de las piedras. Regresó corriendo con el grupo y gritó muy fuerte para que todos lo oyeran. Los demás, cansados por el efecto del alcohol, no le hicieron mucho caso. José Hernández Techachal, que era su mejor amigo, decidió ir a ver de qué hablaba Agustín. José también notó el color azul y, ávido de atención, comenzó a rascar la pared para ver qué más encontraba debajo de las piedras. Pronto descubrió que la pared caía fácilmente y que detrás de cada piedra había más azul. Agustín lo ayudaba a romper la cueva. Como jamás iban a terminar de romper la pared ellos solos, decidieron ir por sus amigos y éstos, cansados de tanta insistencia, contribuyeron con la destrucción. Dos horas después la pared estaba casi destruida. Los ojos de todos se postraron ante una escena que cambiaría su vida para siempre. Un ángel azul, armado con una lanza, asomó su rostro por detrás de la pared. El grupo quedó petrificado y salió corriendo de la cueva.

Ya en el bosque, la escena los paralizó durante varios minutos. Fue José Hernández Techachal quien sugirió que ese dibujo era un mensaje de Dios, el cual, enfurecido por el robo a una de sus iglesias, había decidido mandarles al arcángel Gabriel para darles una lección. Los demás del grupo aceptaron la aseveración y decidieron, entre todos, tomar los objetos robados y regresar a la iglesia para devolverlos. Como era muy de noche, estaban borrachos y Gabriel patrullaba la cueva, decidieron volver al día siguiente por las cosas.

Agustín Sánchez Sánchez y José Hernández Techachal son casi vecinos. Agustín vive en el extremo derecho de la iglesia y José en el extremo izquierdo. Sus casas y sus vidas son iguales, lo único que los separa es aquella iglesia que habían ultrajado. Muy temprano, José atravesó la iglesia y tocó la puerta de Agustín. Ambos partieron rumbo a la tienda de abarrotes San Ignacio para verse con los demás del grupo y así regresar a la cueva por las cosas. Ya ahí, entraron rápidamente, tomaron todo lo robado y volvieron por donde llegaron. En la iglesia los esperaba el padre quien escuchó la historia con mucho interés. Decidió perdonarlos, en parte porque habían regresado las cosas y en parte porque les tenía algo de lástima. Eso sí, los obligó a confesarse y a rezar una veintena de padres nuestros en español. Todos quedaron tranquilos y siguieron con su vida como si nada.

Muchos años después, ahora que me ha tocado conocer a todo el pueblo, José me contó que el padre no creyó para nada que fuera el arcángel Gabriel quien apareció en esa cueva. Él mismo fue a investigar para enterarse sobre qué arcángel hablaba el grupo. El resto es historia: lo que parecía un arcángel no era una figura cristiana sino un gran guerrero maya con un penacho en la cabeza que bien podía pasar por un par de majestuosas alas. Tenía un arma, sí, y también tenía un compañero. Ambos veían el horizonte. El padre anunció el descubrimiento con todas las fiestas posibles. Había encontrado un mural prehispánico en medio de una cueva perdida. De arqueólogo y aventurero nadie lo bajó en mucho tiempo. A nadie le contó la verdadera historia del hallazgo.

Yo conocí a José primero que a Agustín. Había ido al pueblo a realizar una investigación lingüística. La lengua llamó mi atención porque estaba en peligro de extinción y quedan pocos hablantes, entre ellos José Hernández Techachal y Agustín Sánchez Sánchez, quienes no se hablan en la actualidad. Cuentan que Agustín se acostó con la esposa de José y de ahí nació Ana María, hija de Agustín pero familia de José; quiero decir que José siempre la ha visto como su hija y aún vive con ella. La esposa de José, la esposa de Agustín y los demás miembros del robo a la iglesia ya están muertos. Ana María, según me ha contado ella misma, decidió no aprender la lengua un poco por vergüenza y un poco porque ya no sirve para nada.

Cuando toqué la puerta para ofrecerle a José 250 pesos por día, a cambio de que hablara para mí durante ocho horas, fue Ana María quien abrió. Ana María tiene la tez morena, los ojos grandes, las piernas carnosas y los pies muy sucios. Tiene como veinte o veintiuno años. José, después de muchas insistencias, aceptó trabajar conmigo, pero con una condición: que no fuera con Agustín, símbolo de la perversión, me dijo, a pedir ayuda. Yo acepté gustoso en parte porque por el momento con él me era suficiente y en parte porque no tenía ganas de tocar la otra puerta y convencer a alguien más de que trabajara conmigo. Además, estaba Ana María, que no era guapa pero tampoco fea y eso me bastaba.

Trabajamos durante tres semanas unas jornadas muy largas. Yo le preguntaba por definiciones de palabras, cueponi, por ejemplo, y él primero me daba una definición escueta. cueponi significa ‘florecer’, decía, pero luego se arrepentía al ver mi cara de incredulidad y me explicaba que en realidad no significa ‘florecer’ sino que describe el movimiento lento que hacen las hojas cuando van emergiendo. El náhuatl es así, una lengua de descripciones y no de definiciones. Los primeros días me quedaba a dormir en una vieja casona que hacía de hotel en el pueblo. Después de una semana, José confió tanto en mí que me invitó a dormir en su casa el resto de mi estancia de trabajo. Es una costumbre común entre la gente de los pueblos. Si los ayudas te pueden llenar de gallinas, de botellas de Coca Cola o bien te ofrecen un lugar donde pasar la noche. En la casa sólo vivían José, Ana María y un trío de gallinas que dan huevos casi todas las mañanas. También vivía un becerro en un corralito nauseabundo, pero no hacían nada con él. Le daban de comer, lo alimentaban y Ana María le cantaba canciones de Alejandro Fernández mientras limpiaba su corral. La casa tenía un solo cuarto separado por tres cortinas. En la primera separación estaba la cocina y la sala, en la segunda el cuarto de José y al final el de Ana María. Yo dormía en la cocina, tumbado en el piso de tierra porque estaba menos incómodo que la sala. Afuera había un patio y el corral. En el patio estaban las gallinas y en el corral el becerro. Desayunábamos, comíamos y cenábamos tortillas. Ana María prepara unas tortillas deliciosas, de siete formas distintas. Mi tortilla favorita es la “parada”. Es una tortilla gruesa que primero se calienta en el comal y después se para y se le pasa fuego. Queda dorada y lista para comer con frijoles.

José trabajaba para mí de lunes a sábado de 8 de la mañana a 5 de la tarde. Después se iba con los 250 pesos a tomar a la cantina. Tomaba mezcal. Lo llegué a acompañar un par de veces, aunque prefería quedarme en la casa con Ana María. Ana María limpiaba el patio y limpiaba el corral y limpiaba la casa y cantaba canciones de Alejandro Fernández. Cómo me gustaría vivir en México e ir a un concierto de Alejandro, me decía. Yo en algunas ocasiones le prometía que la llevaría conmigo a la Ciudad de México y que la invitaría a un concierto de Alejandro Fernández en su próxima gira. Ana María no sabía qué era una gira y no le importaba. Tampoco creía en mí.  Platicábamos muy poco, pero me gustaba verla con su falda sucia y su blusa roída limpiar la casa y cantar canciones de Alejandro. Mientras tanto, yo analizaba todas las palabras que su padre me había dicho durante el transcurso del día. Palabras como cueponi, malani, tilini, tzilini, etc. Hacía apuntes y pensaba en el corpus del día siguiente.

Cada día veía más a Ana María y olvidaba el corpus. Me fui enamorando de ella secretamente. Le veía las nalgas y sus pies sucios. Tenía tantas ganas de estar con ella, que dos o tres días le pagué a José sin trabajar para que se largara a la cantina desde la mañana. Le inventaba cualquier pretexto: análisis de datos, tiempo para leer, etc. Él se iba feliz y yo me quedaba con Ana María. Ella nunca salía de casa, sólo iba al mercado o a la tienda o a comprar cosas de aseo personal. Lo demás lo compraba José o lo compraba yo.

La última semana de esa, mi primera instancia en el pueblo, fue un calvario. Pasaba ocho horas al día con José, trabajando la lengua. Después tenía poco tiempo para estar con Ana María. A ella, en realidad, yo no le importaba en lo más mínimo y si me hablaba era sólo porque no tenía otra cosa por hacer. Además, yo cada día tenía más trabajo, menos dinero y más ganas de acostarme con ella. Conocía la problemática de ese acto, pero ya a esas alturas me importaba poco.  Las tardes eran un calvario, sí, aunque no estaban del todo mal. José me contaba muchas historias, entre ellas la de la iglesia, y me divertía con sus anécdotas de juventud. José sólo hablaba, además de mezcal y de la aventura de la cueva, sobre serpientes. Les tenía tanto miedo que un día se cagó en los calzones cuando vio a una entrar por el patio de su casa. Primero se cagó en los calzones y después la molió a palos. Ya después se fue a cambiar, según él. Ana María también se reía de las historias. En las noches, cuando José regresaba temprano de la cantina, nos sentábamos en el patio de la casa, prendíamos una fogata y contábamos historias. Quiero decir que José y yo contábamos historias, Ana María no contaba nada. José hablaba de serpientes y yo de mis aventuras en México. Ana María y José no podían creer que yo, un hombre de mundo, como ellos me decían, me interesara tanto por lenguas de las que ellos mismos se avergonzaban. Yo ocupaba parte de mi tiempo en convencerlos de la utilidad de toda lengua, pero nunca tenía resultado. También intentaba convencer a José de juntarlo con Agustín, si quiera un día, para grabar una conversación real entre dos hablantes de una misma lengua. En esa ocasión no pude convencerlo.

Una de las tres gallinas, la Carlota, me tenía algo de afecto. Las noches en que nos sentábamos en el patio a contar historias, ella se subía a mis piernas y se quedaba ahí, tan tranquila. A veces me cagaba el pantalón, pero en ese pueblo una cagada es lo menos importante. El becerro me daba un poco de lástima. Lo veía casi enfrente de nosotros, encerrado en su corral, tan flaco y tan triste. Parecía un esqueleto de becerro. Sin embargo, yo recordaba a Ana María, por las tardes, cantándole canciones de Alejandro Fernández y entonces me ponía contento y el becerro también se ponía contento.

Un día antes de mi partida, cuando José salió rumbo a la cantina, tomé a Ana María de la mano y la llevé a caminar por el pueblo. Ella, acostumbrada a obedecer órdenes, no dijo nada y me siguió naturalmente. Caminamos durante una hora, tomados de la mano, pero sin decir gran cosa. En un momento se me ocurrió llevarla a la cueva de la que tanto había hablado su padre. Me encaminé hacia el bosque y ella me siguió sin rechistar. Llegando a la cueva me armé de valor y la besé en la boca, en el cuello y en un pecho. No me dijo nada, no aprobó ni negó mis besos. Ni siquiera se puso roja. La volví a besar, esta vez en la frente, y la metí a la cueva. Ya en la oscuridad comencé a besarla más eufóricamente. Toqué sus piernas y su cuerpo. Intentaba desvestirla, pero no me dejaba hacerlo. Estuvimos forcejeando un tiempo hasta que cayó rendida. Hazlo, pues, me dijo. Para ese entonces, entre forcejeo y forcejeo, ya estábamos muy lejos de la entrada de la cueva. Ana María se había rendido y había aceptado que le quitara la blusa, cuando de pronto volteó la vista y vio un inmenso arcángel de grandes alas observando la escena. Espantada, salió corriendo de la cueva y regresó al pueblo.

Yo regresé a su casa una hora después. Ana María hacía la cena y José caminaba de un lado para otro de la casa. Cuando entré, creí que lo primero que haría José sería golpearme o reclamarme o golpearme y reclamarme por la historia de su hija. Sin embargo, ni el reclamo ni el golpe llegaron. José estaba como siempre, medio borracho y dispuesto a contar historias. Me sugirió que fuéramos al patio a beber mezcal y a cenar, todo esto mientras me contaba una nueva historia de serpientes. Yo acepté gustoso porque era la última historia que escuchaba en ese viaje y porque Ana María, después de todo, no se había avergonzado tanto de nuestro encuentro.

Esa vez me platicó una historia absurda. Según él, una noche caminaba por el bosque cuando de pronto se le apareció una serpiente. La serpiente, al verlo, cambió de rumbo y lo hizo seguirla un tramo. Cuando se dio cuenta, tanto la serpiente como él ya estaban en la cueva. Entraron. José no pudo contarme más porque su último recuerdo es eso; después tiene el cerebro borrado.

Esa noche Ana María también estaba con nosotros, sentada. Llevaba el cabello suelto, la misma falda sucia de siempre, la blusa roída de la cueva. Llevaba los pies sucios y tenía su cuerpo atento a todo lo dicho. Sin embargo, a pesar de su atención, yo sabía que no escuchaba nada. Tal vez estaba muy lejos, en la Ciudad de México, presenciando un concierto de Alejandro Fernández.

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