Textos originales

De simetrías y círculos literarios

Un cuento de la novela Más o menos así es el hombre

Nota: Este cuento es parte de la novela Más o menos así es el hombre.

Por aquellos tiempos aún solíamos reunirnos cada fin de semana para charlar de literatura en casa de Luciano. Nosotros lo llamábamos círculo literario, pero las reuniones no pasaban de un poco de literatura y un poco de egocentrismo. Fuimos tantas veces a la calle Fresas en la del Valle. Luciano y yo nos conocimos una noche en casa de un profesor de la UNAM. Martin y yo nos conocimos una mañana de kínder. Los demás fueron apareciendo de pronto. Un día, en Navidad, invité a Martin a casa de Luciano. En Navidad no solemos hacer nada. Estamos yo y Martin bebiendo por la calle o visitando casas de novias y amigas. Los años nuevos los pasamos en el Sanborns. Bebemos unas copas y charlamos con las meseras. Es el único día del año que nos permitimos esos lujos. Ya teníamos muchas reuniones y los demás fueron apareciendo de pronto. Había un filósofo que escribía unos cuentos para llorar. Un literato y una literata a lo Virgina Woolf. Un biólogo que sólo veía y un fotógrafo que planeaba llevarnos al estrellato a través de imágenes iconográficas. También iba Enrique, antes del balazo.  

En esa ocasión el poeta Enrique no apareció en la reunión. Desde Cuernavaca sabíamos que lo habíamos perdido y fue así como salió Salmoneo. Un día lo trajo Martin a nuestra vida y se quedó ahí. Luciano solía burlarse de él porque jamás había visto un poema suyo. Cuando llegó por primera vez se presentó como Salmoneo “el poeta”. Diez, quince, veinte reuniones después y los poemas seguían sin aparecer. Era la burla pero nos caía bien y además escribía buena prosa. Los del grupo aceptamos a Salmoneo casi agradecidamente. Desde la desaparición de Enrique faltaba un poeta en el grupo y Salmoneo llegó a salvar ese vacío. A mí, en lo personal, me reconfortaba su presencia. Él hacía que me olvidara de Enrique y de Cuernavaca. Martin ya tenía mucho tiempo de haberlo olvidado. Verónica, por el contrario, no solía asistir a esas reuniones pero conoció a Salmoneo en otro tiempo y en otro lugar. Ella sí que no volvió a preguntar por Enrique.  

Yo asistí a la reunión acompañado por Diana. Diana era locutora de televisión y una puta desalmada. La conocí en la escuela, mientras estudiaba la licenciatura. La vi en una clase de producción de televisión y me gustó la forma en cómo movía los pies. Era cosa de verse, tan sensual. Se sentaba en el escritorio del profesor y colgaba sus piernas mientras movía rítmicamente los pies de arriba abajo como meciendo olas. Me acerqué al poco tiempo y nos hicimos amigos. En aquella reunión en casa de Luciano éramos amantes pero jamás nos habíamos acostado. No de la forma tradicional, quiero decir. Habíamos tenido encuentros sexuales cien veces, pero nunca acostados. Parados sí, y sentados, pero acostados ni hablar. Diana tenía la creencia de que hacer el amor acostado era para gente que se amaba, y ella y yo sólo éramos amantes.  

Llegamos a casa de Luciano a las diez de la noche. Yo estaba enojado porque al día siguiente partía para Veracruz muy temprano. Tenía pensado escribir una novela en aquel puerto. Me iba sólo, de ermitaño, con una computadora, una libreta y una cajetilla de cigarros. Diana nunca había ido a un encuentro literario pero todos los fines de semana me rogaba para que la llevara. Prometo portarme bien, decía siempre. Hartó de sus ruegos lo acepté, en parte porque tenía ganas de estar con ella y en parte porque no tenía una buena razón para decir que no. Llegamos y Martin platicaba amigablemente con Luciano y con un tipo que no había visto jamás: Salmoneo.  

La casa era pequeña. En realidad era un cuarto dividido en tres partes. Cocina, sala-comedor y recámara con baño. Las reuniones las hacíamos en la sala-comedor. Yo siempre me sentaba del lado del comedor, me cagaba la sala y su sillón putrefacto y quemado. Diana llegó y se sentó en el sillón. Martin, Salmoneo y Luciano charlaban en la cocina mientras servían unos vasos de Coca Cola con Don Pedro. Diana era locutora de televisión, una puta desalmada y también era guapa. Llamó la atención de todos al instante. Luciano corrió al sillón y se sentó a lado de ella, sin ningún tipo de respeto hacia mí. Comenzaron a platicar. Diana en ese entonces estaba enamorada de La piedad de Miguel Ángel. Decía que quería morir frente a ella, volarse la tapa de los sesos mientras la observa. Eso le platicaba a Luciano. Yo tuve que entrar a la plática porque el tema me llamaba la atención y porque Luciano suele ser un hijodeputarobaviejas. Me acerqué al sillón, levanté a Diana y la senté en mis piernas. Me encantaba ver cómo movía los pies.  Al poco rato llegaron los demás miembros del círculo literario. Llegaron los literatos (hombre y mujer), llegó el filósofo y llegó el fotógrafo. También llegó Rey Hernández con una botella de whisky.  

Mi vida era una perfecta mierda en esos tiempos. Había salido de una relación mala para entrar en otra peor. Mi antigua novia era niña de quince años, demasiado puberta. La conocí en un concierto de Devil Driver o algo así. Me gustó y me enamoré de ella. La engañé con dos o tres cosas y nos hicimos novios. Duramos un tiempo hasta que la mamá llegó a mi casa una noche, alterada, a gritar que dejara a su hija de una buena vez o iba a la policía a denunciarme por abuso y corrupción de menores. No la volví a ver. Me gustaba la niña pero no quería parar en la cárcel. Además, para esos tiempos ya estaba un poco harto de ella. Diana me jodía toda la vida con la niña de quince años. “es que tú estás enamorado de ella y por eso no me disfrutas”, decía siempre. Yo le decía que no, que la quería a ella como un perfecto enamorado. Aunque Diana no me creía, sí que era verdad. Yo la quería y me había engañado mucho tiempo para amarla. Era mi especialidad, fingirme enamorado para terminar enamorado o peor que eso.  

También me jodía con Mariana, pero de verdad. A Mariana le tenía verdadera tirria. Alguna vez me dijo que se había visto reflejada en ella. Mariana era psicóloga, Diana era locutora de televisión, una puta desalmada, guapa y también era celosa. Me celaba de Mariana y me celaba de la niña de quince años. Yo no le importaba pero me celaba con una enfermedad rayando en la locura. Un fin de semana me tuvo encerrado, sin salir de un cuarto mientras ella se largaba a hacer sus reportajes. Me dijo que si salía iba a ir con Mariana. Era verdad, pero no tenía por qué encerrarme. Al menos me dejaba con una cajetilla de Marlboro (que ella fumaba), y un libro que no tuviera mujeres guapas como personajes. Me leí Moby -Dick para salir del hastío. 

En aquella reunión surgió el acabose. Era noche de lectura de cuentos. Consistía en lo siguiente: Luciano, los literatos, Martin, Rey y yo leíamos un cuento nuevo. Después, entre todos, criticábamos los cuentos y decíamos qué iba bien y qué iba mal. Aquella noche Luciano leyó cuarenta páginas de su novela, Martin leyó algo sobre un tal Joaquín, Rey una de sus aventuras en el mundo periodístico y también leyó Salmoneo un cuento de un poeta enamorado de la hija de un tendero. Los literatos también leyeron algo. Empezó Martin, nos contó su historia y todos aplaudimos, en parte porque el cuento era bueno y en parte porque siempre aplaudíamos por todo. Luciano nos aturdió por horas con filosofía y genealogía del campo y aplaudimos solamente porque no entendimos nada. A Salmoneo lo criticamos porque nadie la conocía. El cuento del literato hombre era bueno, trataba sobre unas plantas que crecían y se comían algo. El cuento del literato mujer no era nada bueno pero nadie se atrevió a criticarlo. En suma éramos un círculo literario donde nadie criticaba nada y sólo alimentábamos nuestro ego. Pasaron las horas entre lecturas, pláticas y algo de Beethoven. Llegó las dos de la mañana y la velada, Diana y nuestro círculo se jodió. 

Tocó leer mi cuento. Generalmente era el último o el penúltimo en leer algo. En esa ocasión escribí un cuento inspirado en Continuidad de los parques de Cortázar. Quería hacer algo corto, directo, y al revés. Al cuento lo titulé Simetría y así lo llevé al círculo esa noche. Copio aquí el texto: 

Vino a la ciudad a matar a una mujer a la que ni siquiera recordaba. Caminaba tranquilo entre colillas de cigarro y hojas caídas de los árboles, él mismo prendió un pitillo para unirlo a la colección expuesta en la acera, y pisaba hojas secas para hacerlas moronitas. Hojas entre las hojas. No podía acordarse del rostro de la mujer pero tenía una imagen clara, como pintura de Caravaggio, del acontecimiento que lo había llevado hasta ese viejo lugar. En vano intentaba extraer del baúl de los recuerdos una fotografía amarillenta, poco visible, con alguna pista sobre su cara. Recordaba, sin embargo, sus bellos y largos caireles, el cabello chino que tanto le gustaba tocar mientras hacían el amor. Tenía los senos y tocaba el cabello, tenía las largas piernas y seguía tocando el cabello, alguna vez acariciaba los pies, nada más para no discriminarlos. Regresaba al cuello trazando una ligera línea con el dedo y esa triste línea desembocaba  en algún cairel donde se transformaba en curva. 

El hombre pensaba en esto mientras encendía un nuevo cigarrillo y buscaba en la guía blanca el lugar a donde debía dirigirse. No fue difícil encontrarlo,  pues en este país pocas personas desdichadas pueden apellidarse Cargalunga y generalmente todas terminas asesinadas. Esta Cargalunga no iba a ser la excepción. En cuanto la encontró, rápidamente tiró la colilla al piso y se dispuso a tomar el camión con dirección a su destino, pero al final decidió ir despacio para perfeccionar su plan maquiavélico. Caminaba y pensaba. 

En el tercer piso de un departamento una mujer se encontraba sentada en su mecedora favorita con la gata Camille Claudel entre las piernas, bebía Whisky y su vestido rojo contrastaba con el tapete negro. Camille Claudel era amarilla, persa, y parecía una perfecta mancha en el fino vestido rojo carmesí. Llevaban ya tres horas sin moverse de la mecedora, Camille ya comenzaba a fatigarse y a pensar en el ovillo escondido debajo de la mesa de centro, pero su dueña estaba petrificada y sin mover las piernas, y ella no lograba comprenderlo, su mirada pasaba de la mesa de centro a las piernas cubiertas por el rojo carmesí y pronto regresaba a la mesa de centro, pero no se movía en parte por pereza y en parte porque no había razón para hacerlo. 

El hombre llegó al departamento a las tres en punto, hora idónea para matar personas. Subió los tres pisos por las escaleras, pues no quería ser víctima del elevador. Una vez en la puerta decidió tocar y esperó. Nadie atendía su llamado. 

A Camille Claudel le pareció escuchar ese sonido recurrente que tanto le molestaba pero siguió inmóvil en su lugar, ya no pensaba  en el ovillo sino en aquel sonido rítmico y constante, y no sabía cómo definirlo. La mujer, absorta en su lectura, no escuchó el sonido y continuó petrificada, con el vaso vacío depositado en la mesa de centro. 

Con ayuda de la suerte el hombre logró abrir la puerta porque no estaba puesto el seguro, sacó la pistola y cargó el gatillo. Entró. A lo lejos alcanzó a vislumbrar una pequeña mesa con un hilo desbordándose por una esquina, y a la derecha vio un vestido carmesí con una mancha amarilla a la altura de las piernas. Había un vaso sin líquido sobre la mesa.  

La gata Camille Claudel fue la primera en levantarse rápidamente con un aspecto alegre, ingenuo, saciada por horas somnolientas. El hombre alcanzó a ver que la mujer se movía y dejaba algo en la mesa. La mujer, atraída por el sonido del tostador, dejó el libro sobre la mesa, al hombre: la novela,  y se dispuso a servir un sándwich y otro vaso de Whisky mientras Camille Claudel jugaba con el ovillo a un lado del sillón. 

Cuando acabé de leerlo vinieron los comentarios. A Martin le pareció decente, Rey criticó el fondo de la historia (como critica siempre mis textos y gustos nomásporjoder), los literatos no entendieron. Luciano discursó por quince o veinte minutos. Habló de la filosofía de los asesinatos.  

Diana, que no había opinado nada al respecto de ningún cuento durante toda la reunión, por fin habló. El texto, a diferencia de los demás cuentos que ha leído de mi autoría, le pareció malo. Malo porque no tenía sentido y malo porque no le había entendido, según sus palabras. Además, a Diana no le gustaban los gatos y no pudo soportar que hubiera uno como personaje principal. Dijo sentirse identificada con la mujer, juró entre berreos, gritos y mentadas que yo había escrito el texto por ella, como símbolo del fin de nuestra relación.  

La sala-comedor de casa de Luciano era pequeña. Tenía una vieja mesa con cuatro sillas de madera, un sillón quemado por cigarro, color blanco sino mal recuerdo, y un cuadro de Remedios Varo adornando la pared. Diana era locutora de televisión, una puta desalmada, guapa, celosa e histérica. Se enojó tanto por el texto que salió corriendo de inmediato de la casa, tomó su Honda y se fue. No se despidió de nada y jamás la volví a ver en persona (en televisión sí que la volví a ver muchas veces, hasta hoy en día). 

Los miembros del círculo literario no dijeron nada sobre la partida de Diana. Durante toda la conversación ella no había dicho gran cosa y los demás la tomaban como parte del inmobiliario. Además, en algún momento de la noche había cortado de tajo los intentos de Luciano por ligársela. El círculo podría ser una mierda pero cuando se hablaba de literatura, bien podría ocurrir un terremoto o podía estrellarse un helicóptero en el edificio y nosotros ni en cuenta. Yo me quedé callado, pensando. A lo lejos veía a Luciano discutiendo finamente con Martin sobre un concepto filosófico. Luciano con su pantalón azul, tan planchado, su saco de pana y un cigarro en la mano derecha y un vaso de Don Pedro en la izquierda. Su peinado de ralla en medio y su pasión discursiva resonando a lo largo del comedor. Martin con su playera roja de manga larga, sus vaqueros sucios, su cigarro en la derecha y su vaso de Don Pedro en la izquierda; el cabello despeinado y su discurso tímido al hablar. Los demás integrantes se me perdían de repente, como una mancha blanca sobre la sala y sobre el comedor y sobre la cocina. Yo estaba aturdido y cansado,  había perdido a Diana y de paso al amor del cual me obligué a enamorarme.  

Aproveché el descuido filosófico de todos y salí con cautela de la casa. Bajé el piso que me separaba de la calle Fresas y me largué caminando rumbo a Félix Cuevas para tomar un taxi o seguir caminando hacia Insurgentes y tomar un taxi ahí; o bien seguir caminando sobre Insurgentes y llegar a mi casa, más tarde. Pensaba en Diana y pensaba en el círculo. Pensaba en Simetría y pensaba en Veracruz, donde al fin al cabo iba a ir a parar al día siguiente. Llamé a Mariana por teléfono. Contestó. Quedamos de vernos dos semanas después, cuando regresara de Veracruz. 

Acerca de Guillermo

Lingüista y académico de profesión. Apasionado de las lenguas indígenas, de la literatura, del rol y del béisbol. Actualmente leyendo la saga El archivo de las tormentas de Brandon Sanderson

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